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Dame la mano, mi vida
“Là ci darem la mano” (Dame la mano, mi vida) es la invitación que Don Juan formula a una hermosa dama en la ópera “Don Giovanni” de Mozart y sigue cantando: “Acompáñame a mi castillo”.
De la misma manera nuestra vida nos espera como una hermosa dama en plena flor, espera a que, deseosos, le tendamos la mano, que la llevemos con nosotros a nuestro castillo y con ella celebremos una fiesta de amor. Con ojos que brillan y con anhelo caliente.
Nuestra vida nos ha tendido esa mano esperando que la tomemos, esperando que la tomemos con fuerza, que la tomemos para siempre, que la tomemos con amor.
¿Cómo celebramos con ella nuestra fiesta de amor? Prestamos atención a su murmullo en nuestra sangre, escuchamos los latidos de su corazón, sentimos su calor en nuestra piel y percibimos su perpetuo anhelo por el aire, por el agua, por el alimento para que se mantenga viva, y sentimos su anhelo por esas ganas gracias a las cuales continúa.
Nuestra vida espera las aventuras del amor con pasión, preparada para atreverse al máximo por ellas, más y más y más. Espera al “Sí” decisivo dirigido a ella, un “Sí” indisoluble.
La Vida nos ha dado este “Sí” desde el comienzo. Está en nosotros decirle “Sí” a ella del mismo modo, que la amemos con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todos nuestros sentidos y con toda la fuerza.
Hay algo más. Rilke formula la pregunta: “¿Quién la vive, a la vida? ¿La vives tú Dios, a la vida?” ¿La vivimos nosotros porque otra fuerza la vive? ¿Ella nos ha tendido su mano? ¿Nos lleva a su lecho, a sus ganas, a sus aventuras, nos pone a su servicio? ¿Vivimos nosotros el gran anhelo de ella?
¿Cómo vivimos la vida de ella en nosotros? La vivimos con devoción, con entrega, cuidadosamente, sostenidos por ella, guiados por ella, llevados por ella, llevados hacia todas las otras vidas en las que ella también vive. A través de ella nos volvemos uno con todo lo que tiene vida, con un cálido amor, nos volvemos uno con el amor de Dios.